My social dilemma

Reflexiones antes y después de ver The social dilemma.

Don’t be evil?

Creo firmemente que las redes sociales nacieron con una intención noble.Y es indiscutible que han conseguido cambiar el mundo, literalmente. La realidad que hoy vive mi hijo no se parece mucho a la que yo viví a su edad: contenidos a demanda, acceso a toda la información existente, oferta audiovisual prácticamente ilimitada, decenas de vías de comunicación, nuevas formas de relacionarse… Las redes sociales han hecho posible que se puedan salvar prácticamente todas las distancias, que podamos comunicarnos desde donde sea con quien sea. Y, algo que me parece importantísimo, han “democratizado” el acceso al conocimiento, lo han puesto al alcance de todo el mundo, sea cual sea su poder adquisitivo, su clase social, su lugar de nacimiento o residencia (cierto que hay excepciones, pero hay proyectos, precisamente de estas mismas empresas, para hacer llegar internet a todos los rincones del mundo; seguramente no todas las razones serán altruistas, pero de eso va toda esta reflexión). Creo que han traído muchas cosas buenas y sigo siendo fan de todo eso.

Está claro que Google ya no es el ‘Don´t be evil’ de sus inicios, que Facebook no es una modesta herramienta para universitarios y colegiales. Está claro que hay muchos intereses, suyos y de otros, y que se ha perdido una gran parte de la esencia, pero eso no debe hacer que olvidemos la parte positiva de todo el cambio que han traído. Nos han dado mucho, nos dan mucho y, al menos teóricamente, gratis (vale, aquí viene lo de que si no pagas por el producto, es que tú eres el producto).

¿Las redes son un reflejo de la sociedad o la sociedad es un reflejo de las redes?

Llevo muchos años en redes, nunca he sido de las que participa mucho, pero sí de las que observa, y esa curiosidad ha hecho que tenga cuenta en decenas de redes y espacios similares, en la mayoría de ellas desde sus inicios. He visto la evolución de las plataformas y herramientas y también de los usuarios que las llenan, que son, al fin y al cabo, los que las hacen como son. Y sí, es verdad, hemos llegado a un punto en el que muchas veces el ambiente que se lee es insoportable, especialmente para quienes no gustamos de trollear, insultar o desahogarnos con desconocidos. Pero también es cierto que son un reflejo del momento, de la sociedad, o quizá son una de las causas, o ambas cosas. No sé, pero es cierto que lo que leo en redes a veces me da pereza; otras, rabia; y muchas, pena. Aunque lo mismo me pasa con muchas de las cosas que veo en las noticias.

Por mi trabajo, me toca pasarme muchas horas leyendo cosas de usuarios a los que nunca habría escogido leer y eso me hace ser bastante consciente de lo que hay más allá de un ‘timeline’ limpio, por bien escogido, y la verdad es que es muy feo. Tanto odio, tanta mala educación, tanta ignorancia, tanta desinformación… quizá también son consecuencia, a la vez que causa, de la existencia de las redes, o más bien de su permanencia.

En esto, como en casi todo, creo que las herramientas no son malas en sí mismas, pero sí puede serlo el uso que se hace de ellas, ya sea por parte de quienes las crearon, de quienes las manejan, o de los usuarios.

¿Que las redes sociales manipulan? Seguramente sí, es parte de lo que venden, esa garantía de éxito que aseguran a los anunciantes que las financian. ¿Que las redes sociales engañan? No lo tengo tan claro; en todo caso, engañan a quien se deje engañar, porque tampoco esconden lo que son y lo que hacen. Al final, las redes sociales son una herramienta para nosotros y nosotros somos una herramienta para ellos, es un intercambio comercial en el que, además, decidimos participar voluntariamente.

Las redes construyen nuestra opinión, vale, pero ¿y nuestra forma de actuar no construye las redes? Los algoritmos muestran lo que queremos ver y se basan en lo que hemos visto, por tanto, vale que las herramientas son responsables de mostrarnos los contenidos, pero, al final, el catalizador somos nosotros, nuestras interacciones son las que potencian una cosa u otra. Así que las redes son un reflejo de lo que somos, potenciado por una serie de factores que son nuevos para una buena parte de las generaciones que convivimos y que, probablemente, fomentan la desinhibición, quizá por comparación respecto a lo que teníamos antes.

¿Estamos tan polarizados como parece en las redes?

Nuestros timeline, sea por lo que elegimos, sea por la intervención de las herramientas en la selección, nos muestran un universo que, normalmente, nos refleja como un espejo, que nos reafirma y aumenta nuestra seguridad y, con ello, el rechazo a todo lo diferente, a todo lo que queda fuera. Nosotros mismos generamos esos mundos enfrentados, por ejemplo, al ir sacando de nuestro pequeño universo a quienes nos molestan. 

La verdad, la necesidad de cuestionarla, las ganas de discutirla, de enfrentar otras opiniones pero sin dudar de que existe una verdad, ni de que puede que no sea la que creemos… todo eso ya apenas pasa, no hay una verdad, sólo opiniones; es más, sólo las opiniones que coinciden con la tuya, porque lo demás no son ni opiniones, no son legítimas.

Podría ser que cada vez seamos menos tolerantes, dentro de las redes no tenemos por qué discutir, ni siquiera tenemos que leer o escuchar a quien no piensa como nosotros; podemos “borrarle” con un unfollow, podemos insultarle y humillarle con una cuenta troll. Poca gente se molesta en tratar de tener una conversación constructiva, habiendo otras opciones como esas. Y eso luego se refleja en la interacción real, claro, pero yo creo que no como en las redes, afortunadamente. Al final, el peligro somos nosotros mismos y la redes son una vía de expresión de todo lo malo, que en otros tiempos se canalizaba de otras formas.

¿De quién son nuestros datos?

Sobre los datos y el uso que hacen de ellos, otro de los grandes temas alrededor de las redes sociales, nunca he sido de las obsesionadas por proteger mi privacidad; creo que el hecho de participar en redes sociales ya implica una cierta renuncia o, al menos, una cierta conciencia de las consecuencias en este aspecto. Y, por los años de experiencia y observación, también he podido ver y beneficiarme, como todo el mundo, de las mejoras y nuevas herramientas que se han ido desarrollando gracias a lo que han sacado de nuestros datos (Google está lleno de ejemplos de esto: la búsqueda por voz, los textos predictivos en Gmail…). Pero, igual que toda esta información sirve para mejorarnos la vida optimizando sus propias herramientas, también puede servir para muchas otras cosas más allá. Que haya gente enriqueciéndose con datos ajenos o que estos datos sirvan para modificar cosas que afectan a tanta gente es también algo que no debemos obviar.

Siempre he pensado que mis datos en concreto, los datos individualizados en general, no interesan a nadie; de ahí mi, digamos, poca preocupación respecto a la privacidad. De hecho, las empresas se resisten a darlos, incluso en casos de delito, y en eso basan el supuesto respeto a la privacidad que dicen tener. Pero sí venden lo que sacan de esos datos, aunque no sea de una manera directa. Por una parte, sigo pensando que prefiero que los contenidos que se me muestran me interesen, que es la ventaja de la publicidad de hoy respecto a la tradicional, o que la información que genero siga sirviendo para crear herramientas que me mejoren la vida. Pero, por otro lado, está cómo se usa esta información, o lo que sacan de ella, para influir en voluntades, poco o mucho. Creo que si viviéramos en una sociedad realmente culta, informada, avanzada, todo esto sería una ventaja; pero no es así, vivimos en una sociedad más bien de borregos que prefieren tragar lo que les ponga delante cualquier fuente en la que han decidido confiar ciegamente, que cuestionar, contrastar, tratar de tener opinión propia. Y si esto implica opinar contra alguien, odiar a alguien, mejor, más fácil aún.

¿Nos controlan los algoritmos?

¿Los algoritmos tienen intención? Quiero decir, más allá de la obvia de ganar dinero. O sea, ¿el algoritmo elige de qué te convence, elige que quiere que votes a uno u a otro? ¿O simplemente mueve el contenido por dinero, sin más? Creo que la mala intención respecto a la desinformación o a la manipulación de opiniones políticas y sociales está más allá del algoritmo, que las herramientas no tienen mala intención en este aspecto, pero probablemente tampoco buena. ¿Es su responsabilidad controlar eso? ¿Deberían los responsables de estas empresas evitar que las herramientas que crearon con un fin noble se perviertan hasta estos extremos? Es más, ¿se puede pedir a unos críos de Silicon Valley que asuman la responsabilidad sobre el futuro de toda una sociedad? ¿Saben dónde se han metido, sabían dónde se metían cuando iniciaron todo esto? ¿Están a tiempo de controlarlo? ¿De verdad creen en el ‘Don´t be evil’? Quizá si fueran de verdad tan poderosos y si usaran todo ese poder para el bien… Pero entonces, ¿quién lo pagaría? Siempre tiene que haber alguien que ponga el dinero, sean los anunciantes, sean los accionistas… ¿No estarán siempre detrás los intereses de quien pague? ¿Son más legítimos los intereses de los accionistas que los de los anunciantes?

Pongamos la utopía de que, por ley, se prohíben los anuncios en las redes, que obligan a que la única fuente de ingresos sean las contribuciones de los usuarios. Por un lado, esto ya dejaría fuera de las redes a quienes no puedan asumir el gasto, lo que introduciría un sesgo que hoy no existe. Por otro lado, ¿esto haría que desapareciera el riesgo de manipulación? ¿Cómo se controlarían los contenidos que comparten los usuarios? ¿Quién decide qué contenidos se censuran y bajo qué criterios? ¿Es posible evitar influencias en opiniones sin tomar partido, sin influir?

¿Qué pasará?

Y una reflexión final. Actualmente, una buena parte de las redes tienen una gran proporción de usuarios de generaciones que no somos nativos digitales, que nos hemos ido adaptando a las nuevas herramientas, a las nuevas realidades. Pero, ¿y las generaciones que siempre han vivido en Matrix? ¿Tendrán más o menos criterio que nosotros? Creo que ya se puede intuir algo echando un vistazo a las redes que prácticamente copan ellos y la verdad es que parece haber esperanza, pero el tiempo dirá.

Nota

Sí quiero hacer una mención especial a Wikipedia, que creo que es la única, o una de las pocas, que, estando desde el principio, no ha caído en lo que genera todos estos dilemas. Sigue siendo una fuente de conocimiento enorme y un ejemplo de colaboración altruista y de comunidad. Seguiré haciendo mis pequeñas aportaciones (económicas, que ya he dicho que no soy muy de participar) siempre que pueda; si os animáis, podéis contribuir aquí.

Nota 2, del 25/11/2020

He leído a Fernando Polo en el blog de Good Rebels y me he sentido tan identificada que tengo que dejar el enlace aquí. Pues eso, leed a Fernando Polo, que lo cuenta mucho mejor que yo: No hay tal dilema: los medios sociales son buenos para la sociedad.

Nota 3, del 10/01/2021

Unas reflexiones sobre la suspensión de las cuentas de Trump en redes sociales. ¿No es esa una manera de incentivar que sus seguidores, muchos de ellos ya bastante fanatizados, creen sus propios espacios de interacción donde no se relacionen con nadie más y, por tanto, no haya la mínima posibilidad de que contrasten sus opiniones? Por otro lado, ¿deben tener los responsables de estas empresas un poder de decisión tan grande como para acallar al presidente de uno de los países más importantes del mundo? Pero, por otra parte, ¿deben estas empresas permitir que sus herramientas sean un canal desde el que se transmitan mensajes peligrosos, al nivel de poder cambiar la realidad de todo un país? ¿Las redes sociales no han sido detonantes de sucesos violentos o más o menos revolucionarios antes del asalto al Capitolio? Lo han sido, sin duda. Así que ¿cuáles son los criterios para decidir qué debe permitirse y qué no? ¿Y quién lo decide? Y, una vez puestas sobre la mesa todas estas cuestiones, ¿no son las redes sociales herramientas propiedad de empresas privadas y, por tanto, sometidas a lo que estas empresas quieran hacer con ellas, libremente? En cualquier caso, este hecho concreto sucedido con las cuentas de Trump debe hacer reflexionar sobre la necesidad de establecer criterios claros y sólidos, e incluso legales, para eliminar la arbitrariedad y, además de dar a los usuarios la certidumbre que merecen, evitar reacciones y consecuencias que pueden llegar a ser muy negativas.

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